Cuaderno de bitácora de un Ingeniero Humanista

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Minimadrid

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«Allá donde se cruzan los caminos», dice Sabina. Me ha encantado este texto de Eduardo Verdú; cómo no verse a uno mismo recorriendo esos circuitos, esos bares de referencia y saliendo de Madrid para reencontrarse con ella al volver.

Minimadrid

Los habitantes de Madrid solemos confesar que seríamos incapaces de vivir en una ciudad más pequeña. Una vez acostumbrados a las dimensiones de esta metrópoli, a sus cuatro páginas de cartelera en el periódico, a su oferta de restaurantes, teatros y museos, estamos seguros de que padeceríamos claustrofobia residiendo en un pueblo o una urbe menor. Tras unas vacaciones en la aldea de nuestros padres o una visita de cuatrodíastresnoches a una ciudad enjuta, Madrid vuelve al recuerdo como un océano, como una terminal de salidas. Esta ciudad nos sofoca cuando estamos dentro pero desde fuera se nos revela amplia y familiar, horizontal y distendida. Un par de veces al año necesitamos huir de aquí aunque pocos cambiaríamos esta meseta por un pueblo con campanario o por otra ciudad sin Corte Inglés.

Sin embargo todos vivimos en un minimadrid. La rutina de entre semana nos conduce casi siempre a los mismos puntos: el trabajo, el colegio del niño, el gimnasio, la tintorería, el hogar… Sin tiempo y sin consciencia recorremos un circuito día tras día, como presos en un tablero de parchís. Y cuando llega el fin de semana ocurre lo mismo. La comodidad de los parkings conocidos, de los restaurantes con platos ya probados, los cines cuyas dimensiones controlamos nos empujan a repetir la experiencia. Sábado tras sábado y domingo tras domingo nos descubrimos de nuevo comprando discos en la FNAC, comiendo una tochka en Martín de los Heros donde aprovechamos para ver una película. Un paseo por las tiendas de Fuencarral, el mismo italiano acogedor, el mojito en la terracita que tanto nos gusta. Delante de nuestros ojos cierran restaurantes que nos prometimos probar, caducan fiestas, desmontan exposiciones que juramos ver un domingo con menos sueño.

Mi hermana, nada más mudarse de Madrid a Orense, celebró encontrarse en un Zara con una amiga del trabajo dándole dos besos y subrayando la simpática coincidencia. Meses más tarde, cuando no dejó de cruzarse a los mismos vecinos y compañeros de la oficina en todos los bares y comercios de la ciudad comprendió la cara de estupor con que recibió su amiga aquel abrazo junto a los probadores. Es cierto que Madrid nos reserva cierta privacidad. En los pueblos y las pequeñas provincias hay que lavarse el pelo para bajar la basura porque seguro que nos toparemos con un conocido. Sin embargo en Madrid podemos disfrutar de cierto anonimato.

Muchos habitantes de las ciudades dormitorio, de esos espacios cada vez más amplios y lejanos del cinturón de un Madrid obeso y desbordante, experimentan el mismo déjà vu día tras día, pero con una diferencia. No sólo repiten sus trayectos sino que además los realizan por unas avenidas, unas plazas y unos complejos comerciales que podrían pertenecer a cualquier lugar de España. El teórico Madrid polifacético en el que creen residir acaba convirtiéndose en un lugar de una sola cara que, además, no se parece en nada al genuino rostro madrileño. Quienes vivimos más o menos céntricos circulamos por una villa reducida y sistemática, pero al menos tenemos la sensación de ocupar una ciudad reconocible y única.

Madrid es, en realidad, una idea, una ensoñación. La capital populosa y solícita con la que fantaseamos presos de la claustrofobia de los pueblos sigue, en el fondo, anidando en nuestra mente durante todo el año. No es un Madrid real el que nos seduce, el que nos imanta, sino uno imaginario, mucho más atractivo, más cosmopolita, más sugerente y fascinante que el verdadero. Madrid es una ciudad en potencia y así la vivimos. Con Buenos Aires pasa algo parecido: es un lugar donde no hay nada especialmente impactante que ver, ni siquiera que hacer, pero te droga con la promesa de un millón de experiencias nuevas en sus barrios, sus áticos y sus plazas, con historias de amor fabulosas junto a las chicas que te sonríen desde los taxis en marcha.

Una ciudad enamora como una mujer, tanto por sus obsequios como por sus insinuaciones. Madrid es infinita en nuestra imaginación y diminuta en nuestra realidad. Esta ciudad no para de tentarnos con la fantasía de mil vidas distintas, de cientos de lugares a los que iremos el fin de semana que viene, de gentes que conoceremos en alguno de los bares o las fiestas de los suburbios, con la ilusión de un mañana donde nadie se acuerde de tu nombre pero comparta tu resaca.

Eduardo Verdú, ELPAÍS, 04/03/2008

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Febrero 15th, 2010 at 11:55 pm

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Derechos, de Enric González

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Enric González habla hoy sobre los derechos, y sobre las opiniones, en ELPAÍS:

Visto lo que ha dado de sí en los últimos 10.000 años, el humano debería tener una opinión bastante matizada sobre sí mismo: somos capaces de lo mejor y de lo peor. En general, hacemos lo peor y soñamos lo mejor. La Constitución Española, por ejemplo, establece el derecho a la salud, la educación, el empleo o la vivienda. Luego la realidad es la que ustedes conocen. Otro ejemplo de nuestra intensa vida onírica es el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Ya ven.

(…)

Lee el artículo completo, en ELPAÍS.

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Mayo 4th, 2009 at 10:54 am

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Traición

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Tras más de cuatro meses, he creído que podía volver a insuflar aire a este blog con esta historia de Hernán Casciari, Orsai, sobre un sentimiento antiguo y arraigado de los seres humanos.

No es que la haya elegido por nada especial, simplemente me encantó cuando la leí y me identifiqué muchísimo con la historia de los Reyes Magos. Espero que os guste, y os recomiendo mucho el blog de Hernán, Orsai, y su blog en ElPaís.com sobre series de TV, Espoiler.

PD: Sirva este post, por cierto, como enésima solución de continuidad. Los que me seguís de cerca sabéis que hubo cambios en mi vida recientemente, pero eso es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

El tajo de un cuchillo en el abdomen

Raquel no era peligrosa, más bien una excentricidad del barrio, pero Chichita se ponía en alerta máxima —¡Hernán, metéte para adentro!— cuando la loca se acercaba demasiado. Sus rarezas eran dos: iba vestida de maestra cuando no lo era, y se desvestía en la calle para ponerse el guardapolvos del colegio. Por lo demás, la Loca Raquel era inofensiva y mi madre sólo me resguardaba por temor a que yo pudiera verla sin ropa. Me resguardó bastante mal, pienso ahora, porque fue la primera mujer desnuda que vi en la vida.

Yo tenía cinco años y esperaba en la vereda a que Roberto sacara el auto del garage para llevarme al Jardín. Hacía un frío con escarcha, pero Raquel se puso atrás de un árbol y se quitó el vestido por la cabeza, de un solo movimiento, como si fuera una tarde de verano. El momento fue intenso y memorable. Me quedé hipnotizado viéndole las tetas caídas, el matorral esponjoso, las estrías, los brazos blancos como la leche. Pero no fue la palidez del secreto lo que me impresionó.

—¡Hernán, metéte para adentro!

Yo miraba otra cosa en el cuerpo de la mujer cuando Chichita se acercó a la Loca y la espantó como si fuese un perro, es decir, diciendo tres o cuatro veces la palabra juira y haciendo ondular un repasador. Era otra cosa lo que me dejó boquiabierto. Más tarde, en el coche, Chichita me preguntó qué había visto y yo le dije que nada.

—Nada cómo.

—No vi nada, mamá.

Pero no era cierto. Yo había visto algo en la Loca Raquel. Lo único que me llamó la atención de su cuerpo, lo que sigue en mi memoria después de treinta años, fue la tremenda cicatriz de una cesárea que le partía la barriga en dos mitades.

Al rato escuché, sin querer, una conversación entre mis padres sobre la Loca Raquel. Chichita le decía a Roberto:

—La pobre mujer está así porque el marido la traicionó —y yo entendí que hablaban sobre aquella herida horrible. Y por eso, desde aquella mañana, la palabra traición significó, para mí, un tajo de cuchillo en el abdomen.

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Octubre 19th, 2008 at 8:28 pm

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La línea

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Hace apenas 48 horas cruzábamos esa linea imaginaria que marca el paso de un año a otro. Como casi siempre, hay alguien que lo expresa mejor que yo en su Biblioteca de Babel:

(…)
¿Y sabéis qué? Que hoy da igual. Hay barrera, pues háyala. Hay línea, pues hoy la cruzamos. Como las líneas de las aceras, esas que jugábamos a saltar o a pisar de pequeños. Como la línea trazada en tierra con una rama, más allá de la cual estaban los valientes, porque allí había peligro. Como la puerta mágica que dibujábamos -algunos aún dibujamos- en el aire para poder entrar a mundos imaginados. Como la línea invisible que separa la audiencia del escenario, y nos da acceso a mundos enteros sin tener que levantarnos. Todas esas líneas son necesarias porque nos hacen ser quienes somos, y eso, en este universo, es mucho.
(…)

Yo crucé la línea acompañado de amigos, de mis amigos, de los mejores amigos que se pueden tener (siento ser algo subjetivo). Este año tocó Gijón, una ciudad de la que he quedado prendado, como atestiguan algunas de las fotos.

Feliz año a todos.

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Enero 2nd, 2008 at 10:38 pm

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Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros

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Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. (…)

Así empieza el artículo de Arturo Pérez-Reverte, en su linea habitual, en el que dice en alto lo que muchos piensan sobre la educación española. El problema en España, o en EE.UU., es que a la educación se le da sólo una importancia electoral y no política.

Así nos va, peor nos irá.

Vía: Zifra.

Actualización: De alguna manera he llegado a otro artículo sobre el mismo tema, esta vez por el genial Antonio Muñoz Molina.

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Diciembre 27th, 2007 at 12:40 pm

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Tear Down The Wall

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El día 9 de noviembre se cumplieron 18 años desde la caída del muro de Berlín, tras 28 de haber separado la ciudad, y el mundo, en dos partes antagónicas.

No llegué a publicar aquí lo que tenía escrito sobre mi viaje a Berlín, espero recuperarlo en algún momento. Simplemente quería poner esta foto que (supongo) resume lo que se vivió aquellos días.

Wall Rider
November 11th 1989 © Raymond Depardon/Magnum Photos

(Vía el magnífico blog de Magnum Photos)

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Noviembre 11th, 2007 at 3:08 pm

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Rajoy y el cambio climático

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No creo que aporte mucho escribiendo sobre las últimas declaraciones del amigo Mariano Rajoy sobre el cambio climático. Pero alguien más sabio al que leo con furor lo ha hecho en su blog, solo un detalle (o dos):

“Lo único que sale más caro que la educación es la ignorancia”.
Benjamín Franklin

(…)
Cuatro. ¿Es consciente del esfuerzo que hacen los profesores para que sus alumnos entiendan la importancia que el conocimiento científico tiene (y tendrá) en sus vidas? ¿Ha pensado en el impacto que tiene sobre los escolares que una persona de su relevancia ridiculice frívolamente el papel de la ciencia y cuestione la validez de los descubrimientos científicos?
(…)

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Octubre 24th, 2007 at 11:30 am

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Los datos en The New Yorker

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Buscando información sobre la revista The New Yorker, llegué a un post sobre como funciona el departamento de verificación de datos de la revista.

El texto es la transcripción de la conferencia que dio Andy Young en el VII Congreso de Periodismo Digital de Huesca en marzo de 2006.

Los Datos. El proceso de verificación de datos en The New Yorker

Por Andy Young

Me gustaría describir un poco la revista donde trabajo. The New Yorker acaba de cumplir 86 años y es, para bien o para mal, la revista semanal más importante de Estados Unidos. Fue concebida en los años 20 como revista humorística y como crónica de la ciudad de Nueva York en la época del Jazz. Publicaba artículos de autores humorísticos como Dorothy Parker, Robert Benchley, AJ Liebling, y James Thurber.

El tono de la revista cambió durante y después de la segunda Guerra Mundial. En el año 1946, publicó, en varias entregas, Hiroshima de John Hersey, una obra seminal sobre los efectos de las bombas nucleares en la población de Japón. Esta obra también ayudó a crear el tono de la revista –una actitud de perplejidad, a veces exagerada, hacia el Gobierno de Washington, y un sentido de que esa ciudad está poblada por gente que no saber pensar. Ese tono no ha cambiado mucho a través de los años.
En las décadas de los 50 y 60 la revista también empezó a ser reconocida – y todavía lo es – por los cuentos que publicaba cada semana. El New Yorker ha publicado a Philip Roth, John Updike, John Cheever, Nabokov, Borges, James Baldwin, y JD Salinger, el autor tal vez más asociado con el estilo de la revista.

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Written by teo

Febrero 28th, 2007 at 4:35 pm

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