Cuaderno de bitácora de un Ingeniero Humanista

Archive for the ‘Libros’ Category

Manuscrito hallado en un bolsillo, de Julio Cortázar

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Uno de mis relatos favoritos del maestro Cortázar, a ver si revitaliza este lugar.

Ahora que lo escribo, para otros esto podría haber sido la ruleta o el hipódromo, pero no era dinero lo que buscaba, en algún momento había empezado a sentir, a decidir que un vidrio de ventanilla en el metro podía traerme la respuesta, el encuentro con una felicidad, precisamente aquí donde todo ocurre bajo el signo de la más implacable ruptura, dentro de un tiempo bajo tierra que un trayecto entre estaciones dibuja y limita así, inapelablemente abajo. Digo ruptura para comprender mejor (tendría que comprender tantas cosas desde que empecé a jugar el juego) esa esperanza de una convergencia que tal vez me fuera dada desde el reflejo en un vidrio de ventanilla. Rebasar la ruptura que la gente no parece advertir aunque vaya a saber lo que piensa esa gente agobiada que sube y baja de los vagones del metro, lo que busca además del transporte esa gente que sube antes o después para bajar después o antes, que sólo coincide en una zona de vagón donde todo está decidido por adelantado sin que nadie pueda saber si saldremos juntos, si yo bajaré primero o ese hombre flaco con un rollo de papeles, si la vieja de verde seguirá hasta el final, si esos niños bajarán ahora, está claro que bajarán porque recogen sus cuadernos y sus reglas, se acercan riendo y jugando a la puerta mientras allá en el ángulo hay una muchacha que se instala para durar, para quedarse todavía muchas estaciones en el asiento por fin libre, y esa otra muchacha es imprevisible, Ana era imprevisible, se mantenía muy derecha contra el respaldo en el asiento de la ventanilla, ya estaba ahí cuando subí en la estación Etienne Marcel y un negro abandonó el asiento de enfrente y a nadie pareció interesarle y yo pude resbalar con una vaga excusa entre las rodillas de los dos pasajeros sentados en los asientos exteriores y quedé frente a Ana y casi enseguida, porque había bajado al metro para jugar una vez más el juego, busqué el perfil de Margrit en el reflejo del vidrio de la ventanilla y pensé que era bonita, que me gustaba su pelo negro con una especie de ala breve que le peinaba en diagonal la frente.

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Written by teo

Abril 14th, 2009 at 4:10 pm

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Ante la Ley, de Franz Kafka

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Ayer vi El Proceso, de Orson Welles&Franz Kafka. Al principio, está este pequeño cuento sacado de la propia novela y esencia de los personajes y situaciones kafkianos.

Ante la ley hay un guardián.

Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá.

- Es posible – contesta el guardián -, pero ahora no.

La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice:

- Si tantas ganas tienes – intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista.

El campesino no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del guardián, con su pelliza, su nariz grande y aguileña, su larga bárba de tártaro, rala y negra, le convencen de que es mejor que espere. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta entrar un sinfín de veces y suplica sin cesar al guardián. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final siempre le dice que no todavía no puede dejarlo entrar. El campesino, que ha llevado consigo muchas cosas para el viaje, lo ofrece todo, aun lo más valioso, para sobornar al guardián. Éste acepta los obsequios, pero le dice:

- Lo acepto para que no pienses que has omitido algún esfuerzo.

Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo le engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que brota inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián tiene que agacharse mucho para hablar con él, porque la diferencia de estatura entre ambos ha aumentado con el tiempo.

- ¿Qué quieres ahora – pregunta el guardián -. Eres insaciable.

- Todos se esfuerzan por llegar a la ley – dice el hombre -; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar?

El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:

- Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Written by teo

Junio 9th, 2008 at 1:26 pm

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Continuidad de los parques, de Julio Cortázar

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Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortázar. Final del juego, 1956

Written by teo

Enero 14th, 2008 at 12:23 am

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Feria del libro

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Ya vamos por dos ferias en menos de quince días.

La que ha empezado hoy en Sevilla (Plaza Nueva s/n) tiene casetas, parroquianos que van siguiendo la agenda sin perderse un solo punto; por tener, tiene hasta una barra con su cervecita fresquita que ya se va agradeciendo en el sur, hoy casi llegamos a 35ºC.

Pero, además, tiene algo con lo que uno no suele identificar a la de los Remedios. Está compuesta por libros y rodeada por los habituales: libreros por cuenta ajena, libreros por cuenta propia, escritores de renombre, escritores novatos, escritores divinos, lectores empedernidos sentados en cualquier rincón con cualquier libro, lectores agonías con sus bolsas llenas hasta arriba…

Hoy he ido con mi colega Pablo solamente a darme un paseo y ya en la primera caseta me han hecho socio de no se qué red de bibliotecas públicas, casi sin darme cuenta. Así que hemos seguido el tour pero con cierta distancia para no caer en la tentación. Al menos he salvado el primer día sin gastarme un duro Euro. Lo peor es que el primero de mes está demasiado cerca y mi presupuesto para Mayo puede quedar en franca decadencia después de 9 días de desenfreno literario.

Si puedo contaré como va la caza.

De momento me voy a la playa hasta el lunes, a relajar tensiones. Eah, con Dios.

Written by teo

Abril 29th, 2005 at 10:13 pm

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La Pila

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Siguiendo ejemplos más encomiables, acabo de añadir una pequeña sección a la derecha de sus pantallas llamada La Pila.

La Pila es, basicamente, el reflejo de mi hipotética mesilla de noche donde esperan los libros que estoy leyendo o que van a ser leídos en breve. De hecho, pensandolo mejor, es el reflejo de todo mi cuarto ya que los pobres están esparcidos sin ton ni son a lo largo y ancho de mi pequeño espacio vital.

De momento he empezado solo a partir de enero de 2005. Cuando termine el año espero haber puesto un buen número de ejemplares en La Pila y, si el tiempo acompaña, haber hecho una pequeña reseña de los que más me hayan gustado.

Written by teo

Febrero 6th, 2005 at 4:28 pm

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Regreso al primitivismo

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Javier Marías es uno de los columnistas que más me gustan. Escribe semanalmente en el El País Semanal y normalmente suelo coincidir con sus argumentos, aunque más en lo referente a la política que en lo referente a la sociedad.

Por ejemplo, el artículo (versión libre en su blog) que escribía ayer me parece muy recomendable. Un extracto:

Quizá, con todos estos síntomas previos, no es, pues, tan raro que esté dándose, entre gente no demasiado ilustrada pero abundante, y no necesariamente cerril en todos los aspectos, algo para mí insólito y de una gravedad extrema, a saber: la confusión o indistinción entre lo ficticio y lo histórico. Ante la oportunista proliferación de novelas que fabulan insensatamente acerca de personajes que existieron –sean Leonardo, Vermeer o Juana la Loca–, me encuentro con cada vez más personas, sobre todo jóvenes, que afirman leerlas porque “además así aprendo”, y que creen a pie juntillas los disparates que la mayoría de esas obras de ficción les cuentan, o les cuelan. Es decir, están convencidos de que cualquier fabulación o fantasía son poco menos que documentos históricos, y se las creen con la misma fe que si fueran crónicas de historiadores. O bien ignoran lo que son las ficciones, y las toman por verdades expuestas de forma amena.

A pesar de que novelas como El Código Da Vinci inician mucha gente a la lectura, este tipo de novela histórica donde el límite entre realidad y ficción es, si lo hay, difuso puede llevar a cierta confusión.

Written by teo

Enero 31st, 2005 at 1:26 pm

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Page 23

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Instructions: Grab the nearest book, open it to page 23, find the 5th sentence, post the text of the sentence in your journal along with these instructions.

Here we go:

¿Qué necesita usted, veamos, para llegar al convencimiento de la voluntad de mi abuelo?

Written by teo

Mayo 5th, 2004 at 9:38 am

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Net problems

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My ADSL line at home doesn’t work well. I think the router has gone :(

So, I only have net access at work, which means not too much time for blogging, reading email, Debian, etc…

The good thing is that thanks to my Internet abstinence, I finished The Da Vinci Code last night, and today I’m starting Quicksilver. Can’t wait any more!

Written by teo

Marzo 5th, 2004 at 12:50 pm

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