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 <title>Teo Ruiz</title>
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 <updated>2012-11-18T17:51:18+00:00</updated>
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   <name>Teo Ruiz</name>
   <email>teo@teoruiz.com</email>
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   <title>Haiku</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;blockquote&gt;
&lt;p&gt;Estrellas parpadean&lt;br/&gt;
Sueños de cristal&lt;br/&gt;
Diques en la realidad&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2010/12/03/distribucion-de-cables-por-fecha-en-cablegate</id>
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   <title>Distribución de cables por fecha en Cablegate</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p&gt;A estas alturas ya no hay que hacer introducción sobre lo que es y lo que significa el &lt;a href=&quot;http://en.wikipedia.org/wiki/United_States_diplomatic_cables_leak&quot;&gt;Cablegate&lt;/a&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Para responder a una conversación entre amigos que tuvo lugar ayer en un pub, he hecho un gráfico con la &lt;a href=&quot;https://spreadsheets.google.com/ccc?key=0AjtfuZFUFaRcdE1MeHFqV3BGZmRNdDItc2JiVXdWSnc&amp;hl=en&quot;&gt;distribución de fechas&lt;/a&gt; de los &lt;a href=&quot;http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&amp;LEMA=cablegrama&quot;&gt;cables&lt;/a&gt; que ha filtrado o filtrará Wikileaks.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;small style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://spreadsheets.google.com/ccc?key=0AjtfuZFUFaRcdE1MeHFqV3BGZmRNdDItc2JiVXdWSnc&amp;hl=en&quot;&gt;Distribución por días&lt;/a&gt; de los cables de Wikileaks en el &lt;a href=&quot;http://cablegate.wikileaks.org&quot;&gt;Cablegate&lt;/a&gt;.&lt;/small&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una pena que no haya mucha información de los &lt;a href=&quot;http://en.wikipedia.org/wiki/Vietnam_War&quot;&gt;70&lt;/a&gt;, los &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_las_Malvinas&quot;&gt;80&lt;/a&gt; o los &lt;a href=&quot;http://en.wikipedia.org/wiki/Gulf_War&quot;&gt;90&lt;/a&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Antonio Delgado ha publicado un &lt;a href=&quot;http://www.antonio-delgado.com/2010/12/calendario-cablegate-kipr-copyright/&quot;&gt;post relacionado&lt;/a&gt; con la distribución de fechas y los cables etiquetados como &lt;span class=&quot;caps&quot;&gt;KIPR&lt;/span&gt; (cables relacionados con la propiedad intelectual).&lt;/p&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2010/11/16/the-palimpsest-of-the-human-brain</id>
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   <title>The palimpsest of the human brain</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p&gt;Lecturas que enaltecen el alma:&lt;br /&gt;
&lt;blockquote&gt;What else than a natural and mighty palimpsest is the human brain? Such a palimpsest is my brain; such a palimpsest, oh reader! is yours. Everlasting layers of ideas, images, feelings, have fallen upon your brain softly as light. Each succession has seemed to bury all that went before. And yet, in reality, not one has been extinguished. &lt;a href=&quot;http://essays.quotidiana.org/dequincey/palimpsest_of_the_human_brain/&quot;&gt;[&amp;#8230;]&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://en.wikipedia.org/wiki/Thomas_De_Quincey&quot;&gt;Thomas De Quincey&lt;/a&gt;. “&lt;a href=&quot;http://essays.quotidiana.org/dequincey/palimpsest_of_the_human_brain/&quot;&gt;The palimpsest of the human brain.&lt;/a&gt;” &lt;a href=&quot;http://en.wikipedia.org/wiki/Suspiria_de_Profundis&quot;&gt;Suspiria de Profundis&lt;/a&gt;. 1845. &lt;a href=&quot;http://essays.quotidiana.org/&quot;&gt;Quotidiana&lt;/a&gt;.&lt;/p&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2010/10/17/lemario-actualizado-espanol</id>
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   <title>Lemario actualizado del español</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&amp;amp;LEMA=lemario&quot;&gt;&lt;br /&gt;
lemario&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;strong&gt;1. &lt;/strong&gt;m.&lt;em&gt; Ling.&lt;/em&gt; Conjunto de los lemas o entradas que contiene un repertorio lexicográfico.&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Y cuando nos referimos al lemario de una lengua, éste contiene todas las palabras (&lt;em&gt;lemas)&lt;/em&gt; que forman dicha lengua. El lemario del español &lt;em&gt;oficial&lt;/em&gt;, el español según la Real Academia Española, por desgracia, no es algo público y abierto.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Así que tras un par de días de jugueteo con la web de la &lt;span class=&quot;caps&quot;&gt;RAE&lt;/span&gt; y de no pocos dolores de cabeza, he recopilado un lemario actualizado al contenido de la 22ª Edición del Diccionario de la Real Academia Española con &lt;del datetime=&quot;2010-10-18T08:46:24+00:00&quot;&gt;88 449&lt;/del&gt; 85 918 lemas (eliminando las palabras &amp;#8220;duplicadas&amp;#8221;):&lt;br /&gt;
&lt;ul&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;Versión comprimida: &lt;a href=&quot;http://www.teoruiz.com/lemario/lemario-20101017.txt.gz&quot;&gt;http://www.teoruiz.com/lemario/lemario-20101017.txt.gz&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;Versión sin comprimir: &lt;a href=&quot;http://www.teoruiz.com/lemario/lemario-20101017.txt&quot;&gt;http://www.teoruiz.com/lemario/lemario-20101017.txt&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;p&gt;Úsense con libertad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Créditos por la inspiración a &lt;a href=&quot;http://olea.org&quot;&gt;Ismael Olea&lt;/a&gt;, responsable desde hace años de un &lt;a href=&quot;http://olea.org/proyectos/lemarios/&quot;&gt;lemario libre&lt;/a&gt; de referencia y a &lt;a href=&quot;http://chewie.blogalia.com&quot;&gt;Chewie&lt;/a&gt;, porque de él salió la idea.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2010/02/15/minimadrid</id>
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   <title>Minimadrid</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p&gt;«&lt;a href=&quot;http://open.spotify.com/track/4L3gOv26fhKuOZCOaZgQYj&quot;&gt;Allá donde se cruzan los caminos&lt;/a&gt;», &lt;a href=&quot;http://www.teoruiz.com/archivos/2007/05/15/pongamos-que-hablo-de-madrid&quot;&gt;dice&lt;/a&gt; Sabina. Me ha encantado este texto de Eduardo Verdú; cómo no verse a uno mismo recorriendo esos circuitos, esos bares de referencia y saliendo de Madrid para reencontrarse con ella al volver.&lt;br /&gt;
&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Minimadrid&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Los habitantes de Madrid solemos confesar que seríamos incapaces de vivir en una ciudad más pequeña. Una vez acostumbrados a las dimensiones de esta metrópoli, a sus cuatro páginas de cartelera en el periódico, a su oferta de restaurantes, teatros y museos, estamos seguros de que padeceríamos claustrofobia residiendo en un pueblo o una urbe menor. Tras unas vacaciones en la aldea de nuestros padres o una visita de cuatrodíastresnoches a una ciudad enjuta, Madrid vuelve al recuerdo como un océano, como una terminal de salidas. Esta ciudad nos sofoca cuando estamos dentro pero desde fuera se nos revela amplia y familiar, horizontal y distendida. Un par de veces al año necesitamos huir de aquí aunque pocos cambiaríamos esta meseta por un pueblo con campanario o por otra ciudad sin Corte Inglés.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sin embargo todos vivimos en un minimadrid. La rutina de entre semana nos conduce casi siempre a los mismos puntos: el trabajo, el colegio del niño, el gimnasio, la tintorería, el hogar&amp;#8230; Sin tiempo y sin consciencia recorremos un circuito día tras día, como presos en un tablero de parchís. Y cuando llega el fin de semana ocurre lo mismo. La comodidad de los parkings conocidos, de los restaurantes con platos ya probados, los cines cuyas dimensiones controlamos nos empujan a repetir la experiencia. Sábado tras sábado y domingo tras domingo nos descubrimos de nuevo comprando discos en la &lt;span class=&quot;caps&quot;&gt;FNAC&lt;/span&gt;, comiendo una tochka en Martín de los Heros donde aprovechamos para ver una película. Un paseo por las tiendas de Fuencarral, el mismo italiano acogedor, el mojito en la terracita que tanto nos gusta. Delante de nuestros ojos cierran restaurantes que nos prometimos probar, caducan fiestas, desmontan exposiciones que juramos ver un domingo con menos sueño.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mi hermana, nada más mudarse de Madrid a Orense, celebró encontrarse en un Zara con una amiga del trabajo dándole dos besos y subrayando la simpática coincidencia. Meses más tarde, cuando no dejó de cruzarse a los mismos vecinos y compañeros de la oficina en todos los bares y comercios de la ciudad comprendió la cara de estupor con que recibió su amiga aquel abrazo junto a los probadores. Es cierto que Madrid nos reserva cierta privacidad. En los pueblos y las pequeñas provincias hay que lavarse el pelo para bajar la basura porque seguro que nos toparemos con un conocido. Sin embargo en Madrid podemos disfrutar de cierto anonimato.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Muchos habitantes de las ciudades dormitorio, de esos espacios cada vez más amplios y lejanos del cinturón de un Madrid obeso y desbordante, experimentan el mismo déjà vu día tras día, pero con una diferencia. No sólo repiten sus trayectos sino que además los realizan por unas avenidas, unas plazas y unos complejos comerciales que podrían pertenecer a cualquier lugar de España. El teórico Madrid polifacético en el que creen residir acaba convirtiéndose en un lugar de una sola cara que, además, no se parece en nada al genuino rostro madrileño. Quienes vivimos más o menos céntricos circulamos por una villa reducida y sistemática, pero al menos tenemos la sensación de ocupar una ciudad reconocible y única.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Madrid es, en realidad, una idea, una ensoñación. La capital populosa y solícita con la que fantaseamos presos de la claustrofobia de los pueblos sigue, en el fondo, anidando en nuestra mente durante todo el año. No es un Madrid real el que nos seduce, el que nos imanta, sino uno imaginario, mucho más atractivo, más cosmopolita, más sugerente y fascinante que el verdadero. Madrid es una ciudad en potencia y así la vivimos. Con Buenos Aires pasa algo parecido: es un lugar donde no hay nada especialmente impactante que ver, ni siquiera que hacer, pero te droga con la promesa de un millón de experiencias nuevas en sus barrios, sus áticos y sus plazas, con historias de amor fabulosas junto a las chicas que te sonríen desde los taxis en marcha.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una ciudad enamora como una mujer, tanto por sus obsequios como por sus insinuaciones. Madrid es infinita en nuestra imaginación y diminuta en nuestra realidad. Esta ciudad no para de tentarnos con la fantasía de mil vidas distintas, de cientos de lugares a los que iremos el fin de semana que viene, de gentes que conoceremos en alguno de los bares o las fiestas de los suburbios, con la ilusión de un mañana donde nadie se acuerde de tu nombre pero comparta tu resaca.&lt;br /&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;&lt;a title=&quot;Minimadrid, Eduardo Verdú&quot; href=&quot;http://www.elpais.com/articulo/madrid/Minimadrid/elpepiespmad/20080304elpmad_13/Tes&quot;&gt;Eduardo Verdú, ELPAÍS, 04/03/2008&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2009/12/02/manifiesto-en-defensa-de-los-derechos-fundamentales-en-internet</id>
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   <title>Manifiesto “En defensa de los derechos fundamentales en internet”</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p&gt;Ante la inclusión en el &lt;strong&gt;Anteproyecto de Ley de Economía sostenible&lt;/strong&gt; de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:&lt;br /&gt;
&lt;ol&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos&lt;/strong&gt;, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial.&lt;/strong&gt; Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el &lt;a href=&quot;http://narros.congreso.es/constitucion/constitucion/indice/sinopsis/sinopsis.jsp?art=20&amp;amp;tipo=2&quot;&gt;artículo 20.5 de la Constitución&lt;/a&gt;, pone en manos de un órgano no judicial &lt;del&gt;un organismo dependiente del ministerio de Cultura&lt;/del&gt;, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español&lt;/strong&gt;, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural.&lt;/strong&gt; Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones&lt;/strong&gt;. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;Consideramos que &lt;strong&gt;las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales&lt;/strong&gt;, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas&lt;/strong&gt; auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;Exigimos que el Gobierno garantice por ley la &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Neutralidad_de_red&quot;&gt;neutralidad de la Red&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt; en España&lt;/strong&gt;, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual&lt;/strong&gt; orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;li&gt;&lt;strong&gt;En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público&lt;/strong&gt; y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.&lt;/li&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/ol&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Este manifiesto, elaborado de forma conjunta por varios autores, es de todos y de ninguno. Si quieres sumarte a él, difúndelo por Internet.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2009/07/12/13-encuentro-internacional-foto-periodismo-gijon</id>
   <link href="http://www.teoruiz.com/archivos/2009/07/12/13-encuentro-internacional-foto-periodismo-gijon"/>
   <title>13 Encuentro Internacional de Foto y Periodismo "Ciudad de Gijón"</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p&gt;La semana que viene, como cada año, se celebra la edición número 13 del &lt;a title=&quot;13 Encuentro Internacional Foto y Periodismo&quot; href=&quot;http://www.fotoyperiodismogijon.com/&quot;&gt;Encuentro Internacional Foto y Periodismo &amp;#8220;Ciudad de Gijón&amp;#8221;&lt;/a&gt;, en el contexto de la Semana Negra.&lt;br /&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://www.fotoyperiodismogijon.com/&quot;&gt;&lt;img class=&quot;aligncenter size-full wp-image-334&quot; title=&quot;Cartel Encuentro Foto y Periodismo Gijón&quot; src=&quot;http://www.teoruiz.com/images/2009/07/Cartel-Encuentro-Foto-y-Periodismo-Gijon.jpg&quot; alt=&quot;Cartel Encuentro Foto y Periodismo Gijón&quot; width=&quot;620&quot; height=&quot;435&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y como cada año, se hablará de periodismo, de periodismo de verdad, de fotografía, de &lt;a href=&quot;http://www.fotoyperiodismogijon.com/2009/07/08/exposicion-de-fotoperiodismo-las-otras-crisis/&quot;&gt;las otras crisis&lt;/a&gt; y de derechos humanos, y cómo estos deberían estar &lt;a href=&quot;http://www.pmasdh.com&quot;&gt;presentes en el periodismo&lt;/a&gt;. El &lt;a title=&quot;Programa Encuentro Foto y Periodismo&quot; href=&quot;http://www.fotoyperiodismogijon.com/programa/&quot;&gt;programa de esta edición&lt;/a&gt; es bastante impresionante, con gente como Sergio Caro, David Beriain, Rosa María Calaf o Walter Astrada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Por segunda vez asistiré (en mi comienzo de vacaciones) disfrutando de lo que allí se diga, de las exposiciones y de los trabajos de los alumnos del curso. También de la playa, la sidra y, por supuesto, de los amigos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nos vemos allí.&lt;/p&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2009/06/25/on-music-and-passion</id>
   <link href="http://www.teoruiz.com/archivos/2009/06/25/on-music-and-passion"/>
   <title>On Music and Passion</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Tras mucho tiempo, intento (re)retomar el blog. Con nuevo dominio (&lt;a title=&quot;teoruiz.com&quot; href=&quot;http://www.teoruiz.com&quot;&gt;teoruiz.com&lt;/a&gt;) y algunas ganas de escribir.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Empiezo con un vídeo que he referenciado varias veces en los últimos días, por diversas razones. Las &lt;a href=&quot;http://www.ted.com/&quot;&gt;conferencias &lt;span class=&quot;caps&quot;&gt;TED&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; (&lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/TED&quot;&gt;más en Wikipedia&lt;/a&gt;) se organizan cada año, con todo tipo de charlas magistrales de expertos en materias que van desde la física hasta la literatura, pasando por la música o las matemáticas. Muchas de las conferencias que han albergado a lo largo de su historia están publicadas en su web, pero &lt;a href=&quot;http://www.ted.com/talks/benjamin_zander_on_music_and_passion.html&quot;&gt;ésta en concreto&lt;/a&gt; es especialmente recomendable.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;El señor que la imparte es &lt;a title=&quot;Benjamin Zander&quot; href=&quot;http://en.wikipedia.org/wiki/Benjamin_Zander&quot;&gt;Benjamin Zander&lt;/a&gt;, director de la &lt;a title=&quot;Boston Philharmonic Orchestra&quot; href=&quot;http://en.wikipedia.org/wiki/Boston_Philharmonic_Orchestra&quot;&gt;Boston Philharmonic Orchestra&lt;/a&gt;, y por lo que leo es un verdadero referente en la pedagogía musical. En 20 minutos experimenta con nosotros sobre la pasión por la música, por la música clásica, pero también intenta dejarnos entrever cómo entenderla en su conjunto semántico, en su significado tal y como lo entendió el compositor al escribir la obra.&lt;/p&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;object classid=&quot;clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000&quot; width=&quot;446&quot; height=&quot;326&quot; codebase=&quot;http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0&quot;&gt;&lt;param name=&quot;allowFullScreen&quot; value=&quot;true&quot; /&gt;&lt;param name=&quot;wmode&quot; value=&quot;transparent&quot; /&gt;&lt;param name=&quot;bgColor&quot; value=&quot;#ffffff&quot; /&gt;&lt;param name=&quot;flashvars&quot; value=&quot;vu=http://video.ted.com/talks/embed/BenjaminZander_2008-embed_high.flv&amp;amp;su=http://images.ted.com/images/ted/tedindex/embed-posters/BenjaminZander-2008.embed_thumbnail.jpg&amp;amp;vw=432&amp;amp;vh=240&amp;amp;ap=0&amp;amp;ti=286&quot; /&gt;&lt;param name=&quot;src&quot; value=&quot;http://video.ted.com/assets/player/swf/EmbedPlayer.swf&quot; /&gt;&lt;param name=&quot;bgcolor&quot; value=&quot;#ffffff&quot; /&gt;&lt;param name=&quot;allowfullscreen&quot; value=&quot;true&quot; /&gt;&lt;embed type=&quot;application/x-shockwave-flash&quot; width=&quot;446&quot; height=&quot;326&quot; src=&quot;http://video.ted.com/assets/player/swf/EmbedPlayer.swf&quot; flashvars=&quot;vu=http://video.ted.com/talks/embed/BenjaminZander_2008-embed_high.flv&amp;amp;su=http://images.ted.com/images/ted/tedindex/embed-posters/BenjaminZander-2008.embed_thumbnail.jpg&amp;amp;vw=432&amp;amp;vh=240&amp;amp;ap=0&amp;amp;ti=286&quot; bgcolor=&quot;#ffffff&quot; wmode=&quot;transparent&quot; allowfullscreen=&quot;true&quot;&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: center; padding-bottom: 6px;&quot;&gt;&lt;small&gt;&lt;a href=&quot;http://www.ted.com/talks/benjamin_zander_on_music_and_passion.html&quot;&gt;On Music and Passion&lt;/a&gt;, Benjamin Zander. Febrero 2008.&lt;/small&gt;&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;Bonus: La pieza de &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Fr%C3%A9d%C3%A9ric_Chopin&quot;&gt;Chopin&lt;/a&gt; que toca Zander al piano es el preludio nº 4 en Mi menor, op. 28 (en &lt;a href=&quot;http://open.spotify.com/track/1RIcmO3nunUeBl2y3ZtZHQ&quot;&gt;Spotify&lt;/a&gt;).&lt;/p&gt;</content>
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   <title>Derechos, de Enric González</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p&gt;Enric González &lt;a title=&quot;Derechos, de Enric González&quot; href=&quot;http://www.elpais.com/articulo/Pantallas/Derechos/elpepirtv/20090504elpepirtv_3/Tes&quot;&gt;habla hoy&lt;/a&gt; sobre los derechos, y sobre las opiniones, en &lt;a title=&quot;ELPAÍS.com&quot; href=&quot;http://www.elpais.com&quot;&gt;ELPAÍS&lt;/a&gt;:&lt;br /&gt;
&lt;blockquote&gt;Visto lo que ha dado de sí en los últimos 10.000 años, el humano debería tener una opinión bastante matizada sobre sí mismo: somos capaces de lo mejor y de lo peor. En general, hacemos lo peor y soñamos lo mejor. La Constitución Española, por ejemplo, establece el derecho a la salud, la educación, el empleo o la vivienda. Luego la realidad es la que ustedes conocen. Otro ejemplo de nuestra intensa vida onírica es el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: &amp;#8220;Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión&amp;#8221;. Ya ven.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(&amp;#8230;)&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;
Lee el &lt;a title=&quot;Derechos, de Enric González&quot; href=&quot;http://www.elpais.com/articulo/Pantallas/Derechos/elpepirtv/20090504elpepirtv_3/Tes&quot;&gt;artículo completo&lt;/a&gt;, en ELPAÍS.&lt;/p&gt;</content>
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   <id>http://www.teoruiz.com/archivos/2009/04/14/manuscrito-hallado-en-un-bolsillo</id>
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   <title>Manuscrito hallado en un bolsillo, de Julio Cortázar</title>
   <author>
     <name>Teo Ruiz</name>
     <email>teo@teoruiz.com</email>
   </author>
   <content type="html">&lt;p&gt;Uno de mis relatos favoritos del maestro Cortázar, a ver si revitaliza este lugar.&lt;br /&gt;
&lt;blockquote&gt;Ahora que  			    lo escribo, para otros esto podría haber sido la ruleta o el hipódromo,  			    pero no era dinero lo que buscaba, en algún momento había empezado  			    a sentir, a decidir que un vidrio de ventanilla en el metro podía traerme  			    la respuesta, el encuentro con una felicidad, precisamente aquí donde  			    todo ocurre bajo el signo de la más implacable ruptura, dentro de un  			    tiempo bajo tierra que un trayecto entre estaciones dibuja y limita así,  			    inapelablemente abajo. Digo ruptura para comprender mejor (tendría que  			    comprender tantas cosas desde que empecé a jugar el juego) esa esperanza  			    de una convergencia que tal vez me fuera dada desde el reflejo en un vidrio  			    de ventanilla. Rebasar la ruptura que la gente no parece advertir aunque vaya  			    a saber lo que piensa esa gente agobiada que sube y baja de los vagones del  			    metro, lo que busca además del transporte esa gente que sube antes o  			    después para bajar después o antes, que sólo coincide en  			    una zona de vagón donde todo está decidido por adelantado sin  			    que nadie pueda saber si saldremos juntos, si yo bajaré primero o ese  			    hombre flaco con un rollo de papeles, si la vieja de verde seguirá hasta  			    el final, si esos niños bajarán ahora, está claro que bajarán  			    porque recogen sus cuadernos y sus reglas, se acercan riendo y jugando a la  			    puerta mientras allá en el ángulo hay una muchacha que se instala  			    para durar, para quedarse todavía muchas estaciones en el asiento por  			    fin libre, y esa otra muchacha es imprevisible, Ana era imprevisible, se mantenía  			    muy derecha contra el respaldo en el asiento de la ventanilla, ya estaba ahí  			    cuando subí en la estación Etienne Marcel y un negro abandonó  			    el asiento de enfrente y a nadie pareció interesarle y yo pude resbalar  			    con una vaga excusa entre las rodillas de los dos pasajeros sentados en los  			    asientos exteriores y quedé frente a Ana y casi enseguida, porque había  			    bajado al metro para jugar una vez más el juego, busqué el perfil  			    de Margrit en el reflejo del vidrio de la ventanilla y pensé que era  			    bonita, que me gustaba su pelo negro con una especie de ala breve que le peinaba  			    en diagonal la frente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No es verdad que el nombre de Margrit o de Ana viniera después o que  			    sea ahora una manera de diferenciarlas en la escritura, cosas así se  			    daban decididas instantáneamente por el juego, quiero decir que de ninguna  			    manera el reflejo en el vidrio de la ventanilla podía llamarse Ana, así  			    como tampoco podía llamarse Margrit la muchacha sentada frente a mí  			    sin mirarme, con los ojos perdidos en el hastío de ese interregno en  			    el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la  			    circundante, salvo los niños que miran fijo y de lleno en las cosas hasta  			    el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios,  			    a mirar sin ver con esa ignorancia civil de toda apariencia vecina, de todo  			    contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alineado entre paréntesis,  			    cuidando la vigencia del mínimo aire libre entre rodillas y codos ajenos,  			    refugiándose en France-Soir o en libros de bolsillo aunque casi siempre  			    como Ana, unos ojos situándose en el hueco entre lo verdaderamente mirable,  			    en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre  			    concentrado en el Figaro. Pero entonces Margrit, si algo podía yo prever  			    era que en algún momento Ana se volvería distraída hacia  			    la ventanilla y entonces Margrit vería mi reflejo, el cruce de miradas  			    en las imágenes de ese vidrio donde la oscuridad del túnel pone  			    su azogue atenuado, su felpa morada y moviente que da a las caras una vida en  			    otros planos, les quita esa horrible máscara de tiza de las luces municipales  			    del vagón y sobre todo, oh sí, no hubieras podido negarlo, Margrit,  			    las hace mirar de verdad esa otra cara del cristal porque durante el tiempo  			    instantáneo de la doble mirada no hay censura, mi reflejo en el vidrio  			    no era el hombre sentado frente a Ana y que Ana no debía mirar de lleno  			    en un vagón de metro, y además la que estaba mirando mi reflejo  			    ya no era Ana sino Margrit en el momento en que Ana había desviado rápidamente  			    los ojos del hombre sentado frente a ella porque no estaba bien que lo mirara,  			    al volverse hacia el cristal de la ventanilla había visto mi reflejo  			    que esperaba ese instante para levemente sonreír sin insolencia ni esperanza  			    cuando la mirada de Margrit cayera como un pájaro en su mirada. Debió  			    durar un segundo, acaso algo más porque sentí que Margrit había  			    advertido esa sonrisa que Ana reprobaba aunque no fuera más que por el  			    gesto de bajar la cara, de examinar vagamente el cierre de su bolso de cuero  			    rojo; y era casi justo seguir sonriendo aunque ya Margrit no me mirara porque  			    de alguna manera el gesto de Ana acusaba mi sonrisa, la seguía sabiendo  			    y ya no era necesario que ella o Margrit me miraran, concentradas aplicadamente  			    en la nimia tarea de comprobar el cierre del bolso rojo.&lt;br /&gt;
Como ya con Paula (con Ofelia) y con tantas otras que se habían concentrado  			    en la tarea de verificar un cierre, un botón, el pliegue de una revista,  			    una vez más fue el pozo donde la esperanza se enredaba con el temor en  			    un calambre de arañas a muerte, donde el tiempo empezaba a latir como  			    un segundo corazón en el pulso del juego; desde ese momento cada estación  			    del metro era una trama diferente del futuro porque así lo había  			    decidido el juego; la mirada de Margrit y mi sonrisa, el retroceso instantáneo  			    de Ana a la contemplación del cierre de su bolso eran la apertura de  			    una ceremonia que alguna vez había empezado a celebrar contra todo lo  			    razonable, prefiriendo los peores desencuentros a las cadenas estúpidas  			    de una causalidad cotidiana. Explicarlo no es difícil pero jugarlo tenía  			    mucho de combate a ciegas, de temblorosa suspensión coloidal en la que  			    todo derrotero alzaba un árbol de imprevisible recorrido. Un plano del  			    metro de París define en su esqueleto mondrianesco, en sus ramas rojas,  			    amarillas, azules y negras una vasta pero limitada superficie de subtendidos  			    seudópodos: y ese árbol está vivo veinte horas de cada  			    veinticuatro, una savia atormentada lo recorre con finalidades precisas, la  			    que baja en Chatelet o sube en Vaugirard, la que en Odeón cambia para  			    seguir a La Motte-Picquet, las doscientas, trescientas, vaya a saber cuántas  			    posibilidades de combinación para que cada célula codificada y  			    programada ingrese en un sector del árbol y aflore en otro, salga de  			    las Galeries Lafayette para depositar un paquete de toallas o una lámpara  			    en un tercer piso de la rue Gay-Lussac.&lt;br /&gt;
Mi regla del juego era maniáticamente simple, era bella, estúpida  			    y tiránica, si me gustaba una mujer, si me gustaba una mujer sentada  			    frente a mí, si me gustaba una mujer sentada frente a mí junto  			    a la ventanilla, si su reflejo en la ventanilla cruzaba la mirada con mi reflejo  			    en la ventanilla, si mi sonrisa en el reflejo de la ventanilla turbaba o complacía  			    o repelía al reflejo de la mujer en la ventanilla, si Margrit me veía  			    sonreír y entonces Ana bajaba la cabeza y empezaba a examinar aplicadamente  			    el cierre de su bolso rojo, entonces había juego, daba exactamente lo  			    mismo que la sonrisa fuera acatada o respondida o ignorada, el primer tiempo  			    de la ceremonia no iba más allá de eso, una sonrisa registrada  			    por quien la había merecido. Entonces empezaba el combate en el pozo,  			    las arañas en el estómago, la espera con su péndulo de  			    estación en estación. Me acuerdo de cómo me acordé  			    ese día: ahora eran Margrit y Ana, pero una semana atrás habían  			    sido Paula y Ofelia, la chica rubia había bajado en una de las peores  			    estaciones, Montparnasse-Bienvenue que abre su hidra maloliente a las máximas  			    posibilidades de fracaso. Mi combinación era con la línea de la  			    Porte de Vanves y casi enseguida, en el primer pasillo, comprendí que  			    Paula (que Ofelia) tomaría el corredor que llevaba a la combinación  			    con la Mairie d&amp;#8217;Issy. Imposible hacer nada, sólo mirarla por última  			    vez en el cruce de los pasillos, verla alejarse, descender una escalera. La  			    regla del juego era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla y  			    el derecho de seguir a una mujer y esperar desesperadamente que su combinación  			    coincidiera con la decidida por mí antes de cada viaje; y entonces &lt;del&gt;siempre,  			    hasta ahora&lt;/del&gt; verla tomar otro pasillo y no poder seguirla, obligado a volver  			    al mundo de arriba y entrar en un café y seguir viviendo hasta que poco  			    a poco, horas o días o semanas, la sed de nuevo reclamando la posibilidad  			    de que todo coincidiera alguna vez, mujer y cristal de ventanilla, sonrisa aceptada  			    o repelida, combinación de trenes y entonces por fin sí, entonces  			    el derecho de acercarme y decir la primera palabra, espesa de estancado tiempo,  			    de inacabable merodeo en el fondo del pozo entre las arañas del calambre.  			    Ahora entrábamos en la estación Saint-Sulpice, alguien a mi lado  			    se enderezaba y se iba, también Ana se quedaba sola frente a mí,  			    había dejado de mirar el bolso y una o dos veces sus ojos me barrieron  			    distraídamente antes de perderse en el anuncio del balneario termal que  			    se repetía en los cuatro ángulos del vagón. Margrit no  			    había vuelto a mirarme en la ventanilla pero eso probaba el contacto,  			    su latido sigiloso; Ana era acaso tímida o simplemente le parecía  			    absurdo aceptar el reflejo de esa cara que volvería a sonreír  			    para Margrit; y además llegar a Saint-Sulpice era importante porque si  			    todavía faltaban ocho estaciones hasta el fin del recorrido en la Porte  			    d&amp;#8217;Orléans, sólo tres tenían combinaciones con otras líneas,  			    y sólo si Ana bajaba en una de esas tres me quedaría la posibilidad  			    de coincidir; cuando el tren empezaba a frenar en Saint-Placide miré  			    y miré a Margrit buscándole los ojos que Ana seguía apoyando  			    blandamente en las cosas del vagón como admitiendo que Margrit no me  			    miraría más, que era inútil esperar que volviera a mirar  			    el reflejo que la esperaba para sonreírle.&lt;br /&gt;
No bajó en Saint-Placide, lo supe antes de que el tren empezara a frenar,  			    hay ese apresto del viajero, sobre todo de las mujeres que nerviosamente verifican  			    paquetes, se ciñen el abrigo o miran de lado al levantarse, evitando  			    rodillas en ese instante en que la pérdida de velocidad traba y atonta  			    los cuerpos. Ana repasaba vagamente los anuncios de la estación, la cara  			    de Margrit se fue borrando bajo las luces del andén y no pude saber si  			    había vuelto a mirarme; tampoco mi reflejo hubiera sido visible en esa  			    marea de neón y anuncios fotográficos, de cuerpos entrando y saliendo.  			    Si Ana bajaba en Montparnasse-Bienvenue mis posibilidades era mínimas;  			    cómo no acordarme de Paula (de Ofelia) allí donde una cuádruple  			    combinación posible adelgazaba toda previsión; y sin embargo el  			    día de Paula (de Ofelia) había estado absurdamente seguro de que  			    coincidiríamos, hasta último momento había marchado a tres  			    metros de esa mujer lenta y rubia, vestida como con hojas secas, y su bifurcación  			    a la derecha me había envuelto la cara como un latigazo. Por eso ahora  			    Margrit no, por eso el miedo, de nuevo podía ocurrir abominablemente  			    en Montparnasse-Bienvenue; el recuerdo de Paula (de Ofelia), las arañas  			    en el pozo contra la menuda confianza en que Ana (en que Margrit). Pero quién  			    puede contra esa ingenuidad que nos va dejando vivir, casi inmediatamente me  			    dije que tal vez Ana (que tal vez Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue  			    sino en una de las otras estaciones posibles, que acaso no bajaría en  			    las intermedias donde no me estaba dado seguirla; que Ana (que Margrit) no bajaría  			    en Montparnasse-Bienvenue (no bajó), que no bajaría en Vavin,  			    y no bajó, que acaso bajaría en Raspail que era la primera de  			    las dos últimas posibles; y cuando no bajó y supe que sólo  			    quedaba una estación en la que podría seguirla contra las tres  			    finales en que ya todo daba lo mismo, busqué de nuevo los ojos de Margrit  			    en el vidrio de la ventanilla, la llamé desde un silencio y una inmovilidad  			    que hubieran debido llegarle como un reclamo, como un oleaje, le sonreí  			    con la sonrisa que Ana ya no podía ignorar, que Margrit tenía  			    que admitir aunque no mirara mi reflejo azotado por las semiluces del túnel  			    desembocando en Denfert-Rochereau. Tal vez el primer golpe de frenos había  			    hecho temblar el bolso rojo en los muslos de Ana, tal vez sólo el hastío  			    le movía la mano hasta el mechón negro cruzándole la frente;  			    en esos tres, cuatro segundos en que el tren se inmovilizaba en el andén,  			    las arañas clavaron sus uñas en la piel del pozo para una vez  			    más vencerme desde adentro; cuando Ana se enderezó con una sola  			    y limpia flexión de su cuerpo, cuando la vi de espaldas entre dos pasajeros,  			    creo que busqué todavía absurdamente el rostro de Margrit en el  			    vidrio enceguecido de luces y movimientos. Salí como sin saberlo, sombra  			    pasiva de ese cuerpo que bajaba al andén, hasta despertar a lo que iba  			    a venir, a la doble elección final cumpliéndose irrevocable.&lt;br /&gt;
Pienso que está claro, Ana (Margrit) tomaría un camino cotidiano  			    o circunstancial, mientras antes de subir a ese tren yo había decidido  			    que si alguien entraba en el juego y bajaba en Denfert-Rochereau, mi combinación  			    sería la línea Nation-Etoile, de la misma manera que si Ana (que  			    si Margrit) hubiera bajado en Châtelet sólo hubiera podido seguirla  			    en caso de que tomara la combinación Vincennes-Neuilly. En el último  			    tiempo de la ceremonia el juego estaba perdido si Ana (si Margrit) tomaba la  			    combinación de la Ligne de Sceaux o salía directamente a la calle;  			    inmediatamente, ya mismo porque en esa estación no había los interminables  			    pasillos de otras veces y las escaleras llevaban rápidamente a destino,  			    a eso que en los medios de transporte también se llamaba destino. La  			    estaba viendo moverse entre la gente, su bolso rojo como un péndulo de  			    juguete, alzando la cabeza en busca de los carteles indicadores, vacilando un  			    instante hasta orientarse hacia la izquierda; pero la izquierda era la salida  			    que llevaba a la calle.&lt;br /&gt;
No sé cómo decirlo, las arañas mordían demasiado,  			    no fui deshonesto en el primer minuto, simplemente la seguí para después  			    quizá aceptar, dejarla irse por cualquiera de sus rumbos allá  			    arriba; a mitad de la escalera comprendí que no, que acaso la única  			    manera de matarlas era negar por una vez la ley, el código. El calambre  			    que me había crispado en ese segundo en que Ana (en que Margrit) empezaba  			    a subir la escalera vedada, cedía de golpe a una lasitud soñolienta,  			    a un gólem de lentos peldaños; me negué a pensar, bastaba  			    saber que la seguía viendo, que el bolso rojo subía hacia la calle,  			    que a cada paso el pelo negro le temblaba en los hombros. Ya era de noche y  			    el aire estaba helado, con algunos copos de nieve entre ráfagas y llovizna;  			    sé que Ana (que Margrit) no tuvo miedo cuando me puse a su lado y le  			    dije: &amp;#8220;No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado&amp;#8221;.&lt;br /&gt;
En el café, más tarde, ya solamente Ana mientras el reflejo de  			    Margrit cedía a una realidad de cinzano y de palabras, me dijo que no  			    comprendía nada, que se llamaba Marie-Claude, que mi sonrisa en el reflejo  			    le había hecho daño, que por un momento había pensado en  			    levantarse y cambiar de asiento, que no me había visto seguirla y que  			    en la calle no había tenido miedo, contradictoriamente, mirándome  			    en los ojos, bebiendo su cinzano, sonriendo sin avergonzarse de sonreír,  			    de haber aceptado casi enseguida mi acoso en plena calle. En ese momento de  			    una felicidad como de oleaje boca arriba de abandono a un deslizarse lleno de  			    álamos, no podía decirle lo que ella hubiera entendido como locura  			    o manía y que lo era pero de otro modo, desde otras orillas de la vida;  			    le hablé de su mechón de pelo, de su bolso rojo, de su manera  			    de mirar el anuncio de las termas, de que no le había sonreído  			    por donjuanismo ni aburrimiento sino para darle una flor que no tenía,  			    el signo de que me gustaba, de que me hacía bien, de que viajar frente  			    a ella, de que otro cigarrillo y otro cinzano. En ningún momento fuimos  			    enfáticos, hablamos como desde un ya conocido y aceptado, mirándonos  			    sin lastimarnos, yo creo que Marie-Claude me dejaba venir y estar en su presente  			    como quizá Margrit hubiera respondido a mi sonrisa en el vidrio de no  			    mediar tanto molde previo, tanto no tienes que contestar si te hablan en la  			    calle o te ofrecen caramelos y quieren llevarte al cine, hasta que Marie-Claude,  			    ya liberada de mi sonrisa a Margrit, Marie-Claude en la calle y el café  			    había pensado que era una buena sonrisa, que el desconocido de ahí  			    abajo no le había sonreído a Margrit para tantear otro terreno,  			    y mi absurda manera de abordarla había sido la sola comprensible, la  			    sola razón para decir que sí, que podíamos beber una copa  			    y charlar en un café.&lt;br /&gt;
No me acuerdo de lo que pude contarle de mí, tal vez todo salvo el juego  			    pero entonces tan poco, en algún momento nos reímos, alguien hizo  			    la primera broma, descubrimos que nos gustaban los mismos cigarrillos y Catherine  			    Deneuve, me dejó acompañarla hasta el portal de su casa, me tendió  			    la mano con llaneza y consintió en el mismo café a la misma hora  			    del martes. Tomé un taxi para volver a mi barrio, por primera vez en  			    mí mismo como en un increíble país extranjero, repitiéndome  			    que sí, que Marie-Claude, que Denfert-Rochereau, apretando los párpados  			    para guardar mejor su pelo negro, esa manera de ladear la cabeza antes de hablar,  			    de sonreír. Fuimos puntuales y nos contamos películas, trabajo,  			    verificamos diferencias ideológicas parciales, ella seguía aceptándome  			    como si maravillosamente le bastara ese presente sin razones, sin interrogación;  			    ni siquiera parecía darse cuenta de que cualquier imbécil la hubiese  			    creído fácil o tonta; acatando incluso que yo no buscara compartir  			    la misma banqueta en el café, que en el tramo de la rue Froidevaux no  			    le pasara el brazo por el hombro en el primer gesto de una intimidad, que sabiéndola  			    casi sola &lt;del&gt;una hermana menor, muchas veces ausente del departamento en el cuarto  			    piso&lt;/del&gt; no le pidiera subir. Si algo no podía sospechar eran las arañas,  			    nos habíamos encontrado tres o cuatro veces sin que mordieran, inmóviles  			    en el pozo y esperando hasta el día en que lo supe como si no lo hubiera  			    estado sabiendo todo el tiempo, pero los martes, llegar al café, imaginar  			    que Marie-Claude ya estaría allí o verla entrar con sus pasos  			    ágiles, su morena recurrencia que había luchado inocentemente  			    contra las arañas otra vez despiertas, contra la transgresión  			    del juego que sólo ella había podido defender sin más que  			    darme una breve, tibia mano, sin más que ese mechón de pelo que  			    se paseaba por su frente. En algún momento debió darse cuenta,  			    se quedó mirándome callada, esperando; imposible ya que no me  			    delatara el esfuerzo para hacer durar la tregua, para no admitir que volvían  			    poco a poco a pesar de Marie-Claude, contra Marie-Claude que no podía  			    comprender, que se quedaba mirándome callada, esperando; beber y fumar  			    y hablarle, defendiendo hasta lo último el dulce interregno sin arañas,  			    saber de su vida sencilla y a horario y hermana estudiante y alergias, desear  			    tanto ese mechón negro que le peinaba la frente, desearla como un término,  			    como de veras la última estación del último metro de la  			    vida, y entonces el pozo, la distancia de mi silla a esa banqueta en la que  			    nos hubiéramos besado, en la que mi boca hubiera bebido el primer perfume  			    de Marie-Claude antes de llevármela abrazada hasta su casa, subir esa  			    escalera, desnudarnos por fin de tanta ropa y tanta espera.&lt;br /&gt;
Entonces se lo dije, me acuerdo del paredón del cementerio y de que Marie-Claude  			    se apoyó en él y me dejó hablar con la cara perdida en  			    el musgo caliente de su abrigo, vaya a saber si mi voz le llegó con todas  			    sus palabras, si fue posible que comprendiera; se lo dije todo, cada detalle  			    del juego, las improbabilidades confirmadas desde tantas Paulas (desde tantas  			    Ofelias) perdidas al término de un corredor, las arañas en cada  			    final. Lloraba, la sentía temblar contra mí aunque siguiera abrigándome,  			    sosteniéndome con todo su cuerpo apoyado en la pared de los muertos;  			    no me preguntó nada, no quiso saber por qué ni desde cuándo,  			    no se le ocurrió luchar contra una máquina montada por toda una  			    vida a contrapelo de sí misma, de la ciudad y sus consignas, tan sólo  			    ese llanto ahí como un animalito lastimado, resistiendo sin fuerza al  			    triunfo del juego, a la danza exasperada de las arañas en el pozo.&lt;br /&gt;
En el portal de su casa le dije que no todo estaba perdido, que de los dos dependía  			    intentar un encuentro legítimo; ahora ella conocía las reglas  			    del juego, quizá nos fueran favorables puesto que no haríamos  			    otra cosa que buscarnos. Me dijo que podría pedir quince días  			    de licencia, viajar llevando un libro para que el tiempo fuera menos húmedo  			    y hostil en el mundo de abajo, pasar de una combinación a otra, esperarme  			    leyendo, mirando los anuncios. No quisimos pensar en la improbabilidad, en que  			    acaso nos encontraríamos en un tren pero que no bastaba, que esta vez  			    no se podría faltar a lo preestablecido; le pedí que no pensara,  			    que dejara correr el metro, que no llorara nunca en esas dos semanas mientras  			    yo la buscaba; sin palabras quedó entendido que si el plazo se cerraba  			    sin volver a vernos o sólo viéndonos hasta que dos pasillos diferentes  			    nos apartaran, ya no tendría sentido retornar al café, al portal  			    de su casa. Al pie de esa escalera de barrio que una luz naranja tendía  			    dulcemente hacia lo alto, hacia la imagen de Marie-Claude en su departamento,  			    entre sus muebles, desnuda y dormida, la besé en el pelo, le acaricié  			    las manos; ella no buscó mi boca, se fue apartando y la vi de espaldas,  			    subiendo otra de las tantas escaleras que se las llevaban sin que pudiera seguirlas;  			    volví a pie a mi casa, sin arañas, vacío y lavado para  			    la nueva espera; ahora no podían hacerme nada, el juego iba a recomenzar  			    como tantas otras veces pero con solamente Marie-Claude, el lunes bajando a  			    la estación Couronnes por la mañana, saliendo en Max Dormoy en  			    plena noche, el martes entrando en Crimée, el miércoles en Philippe  			    Auguste, la precisa regla del juego, quince estaciones en las que cuatro tenían  			    combinaciones, y entonces en la primera de las cuatro sabiendo que me tocaría  			    seguir a la línea Sèvres-Montreuil como en la segunda tendría  			    que tomar la combinación Clichy-Porte Dauphine, cada itinerario elegido  			    sin razón especial porque no podía haber ninguna razón,  			    Marie-Claude habría subido quizá cerca de su casa, en Denfert-Rochereau  			    o en Corvisart, estaría cambiando en Pasteur para seguir hacia Falguière,  			    el árbol mondrianesco con todas sus ramas secas, el azar de las tentaciones  			    rojas, azules, blancas, punteadas; el jueves, el viernes, el sábado.  			    Desde cualquier andén ver entrar los trenes, los siete u ocho vagones,  			    consintiéndome mirar mientras pasaban cada vez más lentos, correrme  			    hasta el final y subir a un vagón sin Marie-Claude, bajar en la estación  			    siguiente y esperar otro tren, seguir hasta la primera estación para  			    buscar otra línea, ver llegar los vagones sin Marie-Claude, dejar pasar  			    un tren o dos, subir en el tercero, seguir hasta la terminal, regresar a una  			    estación desde donde podía pasar a otra línea, decidir  			    que sólo tomaría el cuarto tren, abandonar la búsqueda  			    y subir a comer, regresar casi enseguida con un cigarrillo amargo y sentarme  			    en un banco hasta el segundo, hasta el quinto tren. El lunes, el martes, el  			    miércoles, el jueves, sin arañas porque todavía esperaba,  			    porque todavía espero en este banco de la estación Chemin Vert,  			    con esta libreta en la que una mano escribe para inventarse un tiempo que no  			    sea solamente esa interminable ráfaga que me lanza hacia el sábado  			    en que acaso todo habrá concluido, en que volveré solo y las sentiré  			    despertarse y morder, sus pinzas rabiosas exigiéndome el nuevo juego,  			    otras Marie-Claudes, otras Paulas, la reiteración después de cada  			    fracaso, el recomienzo canceroso. Pero es jueves, es la estación Chemin  			    Vert, afuera cae la noche, todavía cabe imaginar cualquier cosa, incluso  			    puede no parecer demasiado increíble que en el segundo tren, que en el  			    cuarto vagón, que Marie-Claude en un asiento contra la ventanilla, que  			    haya visto y se enderece con un grito que nadie salvo yo puede escuchar así  			    en plena cara, en plena carrera para saltar al vagón repleto, empujando  			    a pasajeros indignados, murmurando excusas que nadie espera ni acepta, quedándome  			    de pie contra el doble asiento ocupado por piernas y paraguas y paquetes, por  			    Marie-Claude con su abrigo gris contra la ventanilla, el mechón negro  			    que el brusco arranque del tren agita apenas como sus manos tiemblan sobre los  			    muslos en una llamada que no tiene nombre, que es solamente eso que ahora va  			    a suceder. No hay necesidad de hablarse, nada se podría decir sobre ese  			    muro impasible y desconfiado de caras y paraguas entre Marie-Claude y yo; quedan  			    tres estaciones que combinan con otras líneas, Marie-Claude deberá  			    elegir una de ellas, recorrer el andén, seguir uno de los pasillos o  			    buscar la escalera de salida, ajena a mi elección que esta vez no transgrediré.  			    El tren entra en la estación Bastille y Marie-Claude sigue ahí,  			    la gente baja y sube, alguien deja libre el asiento a su lado pero no me acerco,  			    no puedo sentarme ahí, no puedo temblar junto a ella como ella estará  			    temblando. Ahora vienen Ledru-Rollin y Froidherbe-Chaligny, en esas estaciones  			    sin combinación Marie-Claude sabe que no puedo seguirla y no se mueve,  			    el juego tiene que jugarse en Reuilly-Diderot o en Daumesnil; mientras el tren  			    entra en Reuilly-Diderot aparto los ojos, no quiero que sepa, no quiero que  			    pueda comprender que no es allí. Cuando el tren arranca veo que no se  			    ha movido, que nos queda una última esperanza, en Daumesnil hay tan sólo  			    una combinación y la salida a la calle, rojo o negro, sí o no.  			    Entonces nos miramos, Marie-Claude ha alzado la cara para mirarme de lleno,  			    aferrado al barrote del asiento soy eso que ella mira, algo tan pálido  			    como lo que estoy mirando, la cara sin sangre de Marie-Claude que aprieta el  			    bolso rojo, que va a hacer el primer gesto para levantarse mientras el tren  			    entra en la estación Daumesnil.&lt;br /&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;&lt;a title=&quot;Julio Cortázar en la Wikipedia&quot; href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Cort%C3%A1zar&quot;&gt;Julio Cortázar&lt;/a&gt;. Octaedro, 1974&lt;span style=&quot;font-family: Arial,Helvetica,sans-serif; color: #000000; font-size: small;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/p&gt;</content>
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